13/04/2026
Ustedes saben que a mí me gusta contar historias… y también crear pequeñas fábulas.
Hoy quiero contarles una.
Hace un tiempo tenía un primo que vivía por y para los autos.
No era cualquier aficionado… era de esos que sienten el volante como una extensión del cuerpo.
Había tenido de todo: una Toyota fuerte y confiable, un Mercedes coupé color rojo granate con interior beige que era simplemente una obra de arte, un Mustang descapotable rojo con techo negro que hacía voltear miradas en cada esquina… incluso un clásico Fiat de los años 60, diseñado por Pininfarina, que parecía salido de una película.
Pero más allá de los autos… lo que realmente lo hacía destacar era cómo manejaba.
Era rápido, preciso, confiado.
Tomaba curvas como si estuviera en una pista.
Siempre al límite… pero siempre en control.
O al menos, eso pensaba él.
Una noche, después de unas copas de más, tomó el volante como tantas otras veces.
Una luz roja.
Un segundo.
Un error.
Y todo cambió.
Un niño cruzó corriendo la calle persiguiendo una pelota…
Ese niño, sin que él lo supiera en ese momento, era el hijo de su pareja.
Lo que vino después no fue velocidad, ni adrenalina, ni aplausos.
Fueron clínicas, llamadas, angustia… y decisiones difíciles.
Terminó vendiendo prácticamente todos sus autos para poder afrontar las consecuencias.
Y lo más duro no fue el dinero.
Fue darse cuenta de que no importa qué tan bueno creas que eres manejando… hay cosas que simplemente no dependen de ti.
Por eso esta no es solo una historia.
Es un recordatorio.
No se trata solo de ser el rey de la pista…
Se trata de estar preparado para cuando la vida te pone una curva que no esperabas.
Si llegaste hasta aquí y tienes auto…
Comenta “AUTO” y te mando información para que manejes tranquilo, pase lo que pase.