18/11/2025
Doña Ana Patricia, agarrando con ambas manos a una gallina grande y bien colorida, la sumergía con todo y plumas en una tina llena de agua fría de pozo, mientras rezongaba entre dientes.
La pobre gallina gritaba como si la estuvieran matando, aleteaba desesperada y hacía todo lo posible por escaparse. Cuando el “baño” terminó, la señora soltó a la víctima en el pasto. La Güerita —así le decía— salió corriendo ofendidísima, dejando un caminito de plumas que el viento de septiembre se llevó volando.
Ana Patricia vació la tina justo encima de las matas de calabaza que crecían a lo largo de la cerca, gorditas como cochinitos bien alimentados. Se secó las manos en el delantal y se metió a la casa, aventando la puerta.
No, Doña Ana Patricia no era mala mujer ni se divertía maltratando gallinas. Simplemente, la Güerita ya llevaba tresveces en el verano queriendo empollar más huevos. Sus dos camadas de pollitos ya andaban recorriendo el pueblo… pero ya era septiembre, y si nacían más, no alcanzarían a crecer antes de los fríos. Se congelarían en pleno invierno.
Sobre la cerca, justo enfrente, estaba sentada la gata Lupita, la consentida de la casa. Observaba a la Güerita con esos ojos amarillos tan serios, como quien sabe más de lo que dice.
“Hay, qué tontita”, pensaba Lupita mientras se lavaba la carita con la pata. “Si te hubieras quedado quieta, igual y sí te dejaban empollar. Pero no, ahí vas a armar escándalo. Mira yo: calladita, y mis cuatro gatitos están creciendo calientitos en la paja. Ya pronto te voy a dar gusto, jefa”.
Lupita se estiró, arqueó la espalda, bostezó mostrando su lengüita rosa, y se fue rumbo al establo, donde la esperaba su camada.
A la mañana siguiente, Ana Patricia entró con el corazón apretado… y su miedo se confirmó: una zorra había atacado a Lupita. La pobre alcanzó a arrastrarse hasta la casa, miró a su dueña por última vez… y se fue.
La señora tomó un puñado de paja para acomodarlo en la pequeña tumba que pensaba hacerle, pero entonces se quedó paralizada:
allí mismo, en un baúl viejo lleno de heno… ¡estaba sentada la Güerita!
La gallina había hecho un nido enorme, y estaba toda esponjada, cuidando algo con un orgullo impresionante. Ana se acercó para sacarla de ahí, cuando la Güerita se infló como guajolote y le lanzó un siseo indignado.
Ana dio un paso atrás por puro susto… y entonces, de entre las alas de la gallina, apareció una diminuta nariz rosadita.
Luego otra.
Y otra.
¡Y otra!
Los cuatro gatitos de Lupita la miraron con ojos redonditos: uno negro, uno blanco, uno atigrado y una tricolor idéntica a su mamá.
Desde ese día, Ana Patricia llevaba dos platitos al establo:
uno con trigo para la Güerita…
y otro con leche para sus “hijitos adoptivos”.
La gallina caminaba por el patio muy orgullosa, cacareando como si les estuviera enseñando dónde estaba el gusanito, dónde el granito…
Pero los gatitos no le hacían ningún caso: solo rodaban en el pasto, perseguían mariposas y movían sus colitas, felices de la vida.
Cuando llegó el invierno, los cuatro mininos pasaron a la casa.
Y para la Güerita, la señora puso debajo del banco una canasta grande y tejida, porque los “niños” insistían en dormir pegaditos a sus alas, calentitos bajo su abrigo de mamá improvisada. 🐔🐾