27/07/2026
Hay quienes dicen que un motor eléctrico es superior porque acelera más, hace menos ruido y requiere menos mantenimiento. Y probablemente tengan razón.
Pero también sería como afirmar que un asado en horno microondas reemplaza un asado al carbón.
Sí… ambos cocinan la carne.
Pero uno reúne a la familia alrededor del fuego, mientras el otro solo calienta el almuerzo.
En el asado al carbón el humo se mete en la ropa, el aroma invade la cuadra, alguien aviva las brasas, otro cuenta un chiste y siempre aparece un “experto” que asegura saber cuándo darle vuelta a la carne. El asado comienza mucho antes del primer bocado y termina mucho después del último.
En el microondas no hay brasas, no hay humo, no hay ritual. Solo eficiencia.
Algo parecido ocurre con los automóviles. El motor eléctrico representa la eficiencia. Es silencioso, potente y extraordinariamente eficaz.
El motor de gasolina, especialmente en un automóvil clásico, representa una experiencia. El sonido al arrancar, la vibración del volante, el cambio de velocidades, el olor de la gasolina, la paciencia para calentarlo, la conversación que despierta en cada esquina… son parte de conducirlo.
El automóvil eléctrico nos transporta. El automóvil clásico nos emociona.
Hay cosas cuyo verdadero valor no está en llegar más rápido, sino en disfrutar el camino.
Porque el progreso consiste en inventar mejores máquinas, pero la cultura consiste en conservar aquellas experiencias que nos recuerdan que seguimos siendo humanos.
El automóvil eléctrico es una maravilla tecnológica, Tendrán que demostrarlo antes de llegar a la basura; pero un Ford A, un Jaguar E-Type o un Porsche clásico despiertan emociones que no nacen de la eficiencia, sino de la historia, los sentidos y los recuerdos.
Y esa es, quizá, la mejor analogía: el microondas alimenta el cuerpo; el asado al carbón también alimenta el alma. Del mismo modo, el automóvil eléctrico mueve personas; el automóvil clásico mueve personas… y también emociones.
Julián